Además de los hospitaleros son los propios compañeros de ruta quienes ayudan a curar las ampollas.
6:30 horas de la mañana, las luces se encienden en el 28 de la calle Fernán González, los peregrinos van despertando poco a poco a ritmo de Kiss FM, comienza una dura jornada para todos ellos. Un ramo de flores blancas situado en la planta baja anuncia el aniversario, el albergue del Cubo, el bebé del Camino, ha cumplido su primer mes de vida. Los más remolones, los de las bicicletas, en la planta cuarta, quienes hasta las 8:30 horas no suelen poner el pie en el pedal. Todos tienen exactamente hasta 10:30 de la mañana para abandonar la que fuera su casa por un día -salvo quienes presentan informe médico, que podrían permanecer dos días-.
Los que llegan. Los más madrugadores ya están haciendo cola a las 11:15 horas, lo primero es sellar la credencial, quitarse las botas y colocarlas en el zapatero correspondiente, e inspeccionar la zona. Por la tarde hay tiempo para visitar la ciudad, ir al centro de salud, tapear, comprar regalos o fumar un cigarrillo en el patio central. Aquellos a los que les gusta trasnochar ya saben que deben portar una linterna para volver a la habitación si lo hacen más tarde de las 22:30 porque las luces están apagadas. Al día siguiente vuelta a empezar.
El nuevo albergue de la Casa del Cubo, que abrió sus puertas el pasado 8 de agosto acogiendo a ‘los últimos del Parral’, ya ha superando algunas noches el aforo de 176 camas literas: «Ha habido noches de agosto en las que hemos tenido 200 personas y hemos tirado colchones al suelo», comenta Román Romero, uno de los hospitaleros.
En lo que llevamos de septiembre ya han sido 917 personas las que han descansado en la que fuera la antigua casa de los Duques de Lerma, hoy reconvertirda, respetando algunas estructuras como la portada y la fachada, en un albergue vanguardista y provisto de todas las comodidades: zonas comunes, un patio donde tender la ropa, biblioteca, acceso a internet, lavadoras, secadoras, cocina, habitación térmica con suelo radiante, ascensores, zapateros... Todo está pensado en este centro, incluso existe una habitación individual para los que precisan un poco de intimidad o por si surge el amor en el viaje.
La mayoría, alemanes y austríacos, pero también canadienses: «Sorprende la cantidad de visitas de ciudadanos de Quebec, debido a la Asociación Galega de Amigos del Camino de Santiago, que tiene su sede en esta ciudad», comentan los hospitaleros, como José Luis Trespaderne, que ha sacrificado quince días de sus vacaciones de verano para, de forma totalmente voluntaria, sellar credenciales, responder dudas, curar heridas y dormir fuera de casa. Lo del hospitalero es vocación, y debe haber mucho amante del Camino porque «ya están completos todos los turnos hasta diciembre», asegura Julio Fuente, coordinador.
Ultreia
Es la palabra que más aparece, con diferencia, en los mensajes que los peregrinos dejan en el libro de visitas. Este saludo jacobeo se tomó del ‘Codex Calixtinus’. En él aparece la frase ¡Ultre ia Et Sus eia! .
Dice la tradición que cuando un peregrino saludaba a otro diciéndole ¡Ultreia! («Vamos más allá») el otro le respondía con ¡Et suseia! («Y vamos más arriba»). ¡Ultreia!
Este nuevo albergue debe ser un orgullo para Burgos, porque del anterior no conocí a nadie que hablase bien… espero utilizarlo algún día, aunque lo más probable es que comenzar nuevamente desde Burgos.
Aún así aprovecho para pedir que el ayuntamiento y diputación apuesten más por el Camino de Santiago, porque creo que nadie se hace una verdadera idea del dinero y turismo que atrae a Burgos. Los peregrinos no son los de hace siglos… económicamente hablando, a pesar de que hay de todo.
Se cuida muy poco el turismo que atrae el Camino de Santiago.