Andrés Hervías ejerció ayer de perfecto pregonero ante una plaza de España repleta de paragüas y bajo una intensa lluvia.
Que Juan El Ermitaño es un santo ‘meón’ lo sabe de sobra todo sanjuanero que se precie, pero ayer lo fue más que nunca. La lluvia descargó con fuerza sobre Miranda durante toda la tarde y no respetó ni los escasos minutos en los que Andrés Hervías disfrutó de su momento de gloria en el balcón del Ayuntamiento.
Y lo hizo como un niño con zapatos nuevos, disfrazado para la ocasión como un auténtico pregonero: gorra, blusa, zurrón para guardar los bandos y hasta una trompetilla con la que avisó a las dos mil personas congregadas en la plaza de España que «el palizas de Andrés», como él mismo se autodefinió, ya estaba preparado para anunciar el comienzo de las fiestas, la «medicina» que cada año necesita «todo mirandilla de cuna o elección». Su discurso, lejos de reivindicaciones y tirones de orejas, fue un mensaje escrito desde el corazón. Hervías recordó en primer lugar a más de una docena de cómplices de sus «picias y trastadas», amigos que cada San Juan del Monte y desde hace ya 25 años, colaboran para que su particular ‘espectáculo’ en la calle sea un éxito. Difícil es encontrar a un sanjuanero que no le haya visto un domingo de fiestas disfrazado de por ejemplo Guardia Civil o párroco. Para estas fiestas, promete un nuevo disfraz. Será una sorpresa.
El pregonero también tuvo palabras de agradecimiento para su buen amigo José Ramón Urbina, así como para el alcalde « y todos los que le precedieron, a los cargos provinciales y regionales que han volcado su apoyo para facilitar el disfrute de nuestro paraje sanjuanero y posibilitar el desarrollo de los festejos», destacó.
En su discurso no se olvidó de nadie y nombró a todos los que colaboran para hacer más grande la fiesta: a Los del Santo, «por fortalecer la pervivencia del espíritu religioso», a los jefes de las cuadrillas, «garantes de la concordia, orden y viveza de estas bulliciosas fiestas» y, como no, a todos los sanjuaneros que durante años han sabido construir «las fiestas más alegres y participativas de cuantas conozco, y son muchas, no voy a negarlo», comentó emocionado.
Y es que, según recordó este sanjuanero de pro que llegó a Miranda a los 12 años procedente de la localidad navarra de Azagra, todos los ciudadanos, sin importar su profesión, cargo o edad, quedan hermanados estos días por el colorido de las blusas, «la pasión por un mismo patrón, la generosidad y espontaneidad de quienes vivimos a orillas del Ebro». Y no solo se refirió a los mirandeses, sino también a las centenares de personas que visitan estos días Miranda, «sus mejores embajadores», y que quedan impregnados de «una alegría gravemente contagiosa a juicio de las autoridades sanitarias», ironizó.
Mientras a pie de calle, no se movía ni un alma, desde arriba Hervías, con un texto emborronado por la lluvia, solo podía divisar centenares de coloridos paragüas, preludio sin duda de las miles blusas que mañana invadirán la plaza a la hora del Bombazo. Al igual que el pregonero, su discurso fue sincero, irónico y sencillo, escrito por una persona que ha vivido la fiesta con auténtico fervor y tiene al buen humor como compañero inseparable.
En sus últimas palabras lanzó un mensaje a los jóvenes, futuro de la fiesta y de la ciudad. Les animó a trasladar a la vida diaria la misma ilusión, creatividad y esfuerzo que despliegan en estas fechas. Para hacer realidad sus proyectos profesionales, obtendrán, aseguró, la ayuda de muchos sanjuaneros. Y todo ello, dijo, con el deseo de «prorrogar entre todos la cultura empresarial que ha caracterizado siempre a este pueblo».
Con el sano deseo de que en un futuro Miranda cuente con los mejores profesionales, servicios, infraestructuras y, «lo que es más importante, con la mejor gente», Andrés Hervías se despidió de su ciudad, con un ¡Viva Miranda! ¡Viva San Juan del Monte!
Un paseíllo a medias
Tras el disparo del cohete, la Banda Municipal de Música interpretó el Himno de San Juan del Monte. Eso sí, el tradicional paseíllo de la Ermitaña, María del Mar García con la imagen del Ermitaño, se vio interrumpido por la intensa lluvia de un ‘meón’ que quiso estar presente en todo momento. El desfile de la banda se tuvo que suspender, aunque tras esperar unos minutos, finalmente el cuerpo de Bomberos impuso los pañuelos a los leones del puente de Carlos III y dos miembros de La Pajilla y El Expolio hicieron lo propio en el monumento a los sanjuaneros.
Antes del pregón, el Salón de Plenos acogía también la imposición de pañuelos a autoridades y corporación municipal, un acto en el que José Ramón Urbina, como último año al frente de la Cofradía, se despidió de todos. «Cuando me marcha, en mí tendréis a un amigo», concluyó.
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