Un joven chino herido espera a ser rescatado en una escuela de secundaria de Wenchuán.
La cifra de muertos por el devastador terremoto en el sur de China alcanza ya las 19.500, pero puede aumentar hasta las 50.000. Otras 26.000 personas se encuentran atrapadas bajo los escombros que remueven sin tregua 30.000 soldados apoyados por 90 helicópteros.
Una de las ciudades más afectadas por el seísmo es Beichuan, de 160.000 habitantes, que se ha convertido en una inmensa montaña de escombros. Aquí, la tierra tiembla todavía a cada minuto y decenas de miles de sepultados tienen las últimas horas de esperanza para salir con vida.
«Es el día crucial. El herido que no sea rescatado hoy no sobrevivirá», aseguraba ayer con pesimismo el doctor Wei, uno de los centenares de militares que trabaja entre las ruinas.
Beichuan, a unos 50 kilómetros del epicentro del terremoto, es probablemente la urbe que más víctimas mortales ha tenido, ya que era la mayor localidad en la zona más castigada.
Los helicópteros sobrevuelan la ciudad, llevando ayuda y evacuando a los heridos, porque, entre la desolación, todavía hay esperanza: en un par de horas, se ve cómo los soldados transportan en camilla a seis o siete supervivientes, descalzos y con los ojos vendados. Malheridos, pero vivos después de tres días enterrados.
Sin embargo, las camillas de enfermos se intercalan con cadáveres tapados. Se teme que entre 10.000 y 20.000 personas están sepultadas todavía y las esperanzas para muchos son escasas.
Las calles de Beichuan ya no existen, la carretera de entrada a la ciudad se hundió en la tierra, enterrando a su paso a varios coches que todavía siguen incrustados en el asfalto, y las pocas casas que siguen en pie -una muy pequeña minoría- están inclinadas con diversos ángulos, creando una imagen dantesca.
Tensa calma. En las escasas calles a las que se puede entrar, entre carteles de los Juegos Olímpicos y consignas del tipo «los funcionarios deben mejorar su cometido», la sensación es de silencio opresor, una calma que parece indicar que muy pocos de los sepultados siguen con vida.
«Mis abuelos están allí. He venido para intentar sacar escombros con mis manos, ya que el Ejército solo está trabajando en las ruinas en las que hay alguien gritando. Les estoy llamando a gritos, pero no me responden», cuenta Hu Xianlong, uno de los que sobrevivió a la inmensa destrucción.
Hu salió por su propio pie de las ruinas de su casa, y salvó también a su hijo. Ahora ambos se encuentran refugiados, como muchos otros supervivientes en la vecina ciudad de Mianyang, que no quedó tan mal parada.
En lo que queda de Beichuan, trabajan sobre todo soldados, aunque también se ven muchos voluntarios, entre ellos un grupo de estadounidenses y canadienses que residen en Chengdu y han decidido ir a ayudar a las víctimas.
Uno de ellos señala un bulto de ropa entre las ruinas: «Ahí hay alguien», asegura, aunque todavía hay que conseguir que grúas y excavadoras lleguen a la zona. «Todavía no nos dejan, la carretera está imposible», reconoce el conductor de una grúa que ha enviado su maquinaria para ayudar.
«El Gobierno ha dicho en la televisión que todos los que puedan vayan. Voy a hacer lo que me pidan, mi vida no es importante sino salvar la de otros», asegura Chen Taihua, entre la hilera de cientos de voluntarios y familiares angustiados que aún tienen esperanza de encontrar a sus seres queridos con vida.