Óscar mira al patio de la cárcel desde el aula de informática.
Decía ayer en estas mismas páginas la psicóloga Alejandra Vallejo-Nágera -pasó por Burgos para hablar de la felicidad- que es «bastante infrecuente la acumulación de desgracias». Está claro que no conocía a Óscar Pérez Arzate. Apenas fue a la escuela en su Logroño natal. Con quince años la heroína se cruzó en su camino y, además de lanzarle al proceloso mundo de los robos a domicilio, le dejó el recuerdo de una infección por VIH. Ahora está en la cárcel de Burgos, mantiene el ‘desenganche’ a base de metadona y solo hace un par de semanas que ha pisado la calle por primera vez tras once años ‘a pulso’, que es como se dice en lenguaje carcelario el tiempo que se está sin salir.
Este riojano a punto de cumplir la cuarentena podría pedir la libertad condicional pero no lo hace porque, sencillamente, no tiene donde ir. Desde el pasado mes de septiembre está más entretenido pues acude a las clases de Marta Martínez Klett. Allí ha tocado un ordenador por primera vez en su vida con el que escribe cartas a un sobrino al que quiere mucho, hijo de un hermano suyo que murió y que también había conocido los sinsabores de la droga y de la cárcel: «Estoy aprendiendo aquí mucho más que en la escuela, ya sé cómo van los puntos y las comas».
Además de escribir en el teclado, Óscar hace manualidades y, sobre todo, charla mucho con Marta. Le gusta hablar de futuro aunque el suyo, de momento, es muy incierto: «No tengo a nadie en la calle, toda mi gente se me ha muerto y no puedo volver con mi madre porque ella seguro que tiene su vida y yo no voy a ir a molestarla; también tengo dos hermanos pequeños aunque ahora habrán crecido y seguro que no les conozco. Me gustaría echarme una novia y viajar, viajar mucho, por todos los países del mundo». Mientras se cumple este deseo, el programa de prisiones de Feaps le está buscando un alojamiento para que pueda disfrutar de su libertad provisional y le ha acompañado en su primera salida.
"Me sentí seguro"
«Fue todo un flipe, muy bonito, ver los coches, los niños, la gente, pasear con tranquilidad, sin miedo a que te quiten tu dinero, por primera vez en mucho tiempo me sentí seguro». Y es que Óscar sabe que en prisión debe tener cuidado con sus cosas porque abundan las ‘manos largas’. Aún así, está convencido de que la cárcel de ahora no es como la que él conoció con 16 años: «Ahora parece más un colegio y no me gusta porque los chavales entran aquí, ven que no es para tanto y así cuando salen la vuelven a liar. Me gustaría que las cosas fueran más duras».
No tiene amigos allí dentro. Solo conocidos o paisanos. «Aquí entras solo y sales solo», repite una y otra vez. También insiste varias veces a lo largo de la conversación en que ha perdido su vida entre rejas. La acumulación de penas ha sido en su caso la razón que le está teniendo tanto tiempo ‘a la sombra’. Ahora pasa su vida en la celda de la enfermería, va periódicamente a la consulta del médico -«salgo a Lorenzo, es el mejor», dice, en referencia al coordinador de sida del Complejo Asistencial de Burgos, Juan Francisco Lorenzo- y espera ansioso su segunda salida con Marta y las chicas del programa: «La próxima vez quiero que la excursión sea a la montaña. Quiero respirar aire».