Después de 2 meses de convivencia, llega el momento de la despedida.
Anastasia tiene 13 años y a primera vista parece una chica más. Y lo es, pero ha tenido la mala suerte de vivir en Klintsy, una pequeña ciudad rusa situada a unos 150 kilómetros de Chernóbil, ciudad ucrania en la que hace 22 años sucedió el accidente nuclear más grave de la historia. Aquel fatídico 26 de abril una explosión en un reactor nuclear de la central liberó 500 veces más material radioactivo que la bomba atómica de Hiroshima.
Aunque ya no se emita ningún reportaje en televisión sobre la catástrofe, los habitantes de los alrededores de la ciudad siguen sufriendo las consecuencias. Los suelos de los pueblos y ciudades próximos a Chernóbil están contaminados. Las capas superficiales del suelo están afectadas por elementos químicos que son absorbidos por plantas y animales. «Todo está contaminado. Lo que se siembra, lo que se planta, y hasta los ríos», explica Emilio Caballero, coordinador de la Asociación Un Hijo Más. Este colectivo es responsable de que una veintena de niños ucranianos pasen las vacaciones de verano y de navidad en Burgos, con sus respectivas familias de acogida. «Lo que se busca es sacarles de ese ‘entorno radioactivo’, que coman bien, que disfruten del sol, del tiempo y que jueguen con los demás niños», añade Caballero, que además de ser el coordinador de la asociación es ‘padre de acogida’.
Después de 2 meses de compartir vivencias, ayer llegó el día de la despedida, tanto o más dura para los ‘padres de acogida’ que para los niños.«Estamos encantados de tenerles aquí con nosotros, y da mucha pena que se vayan», cuenta Emilio.
Y es que los chicos se hacen querer en seguida. «Aunque tienen un carácter seco y frío, se integran rápidamente». Durante los meses de convivencia, el niño pasa a ser un miembro más de la familia, tanto para los padres como para los hermanos. Al principio no saben nada de castellano, pero enseguida aprenden. Los padres de acogida les describen como «esponjas, lo asimilan todo rápidamente».
La asociación, con sede en Santander, funciona a través de sus socios. La familia que desee formar parte del colectivo debe pagar una cuota, y de ahí entra a formar parte del programa. Una de las claves de éste es que el niño siempre va a la misma casa, con la misma familia, lo que facilita la integración y la adaptación del pequeño.
Así, Anastasia lleva 6 años pasando las vacaciones enBurgos. «Me gusta mucho venir aquí, en este sitio todo es bonito», dice. El verano llega a su fin, y ayer era el día elegido para que los niños regresaran a sus países de origen. La despedida llega entre lágrimas. Los pequeños se van, esperando la ocasión de volver para disfrutar de la vida ‘de aquí’, algo que muchos tienen la suerte de poder hacer cada día y aún no han aprendido a valorar.